Antiguo Testamento
1 Reyes 2:1-3:2
1 Reyes 2
Las Ăşltimas instrucciones de David
2:10‑12 – 1Cr 29:26‑28
1David ya estaba prĂłximo a morir, asĂ que le dio estas instrucciones a su hijo SalomĂłn:
2«Yo estoy a punto de ir por el camino que todo mortal transita. ¡Cobra ánimo y pórtate como hombre!
3Cumple las órdenes del Señor tu Dios; sigue sus caminos y cumple sus estatutos, mandamientos, ordenanzas y mandatos, los cuales están escritos en la Ley de Moisés. Asà prosperarás en todo lo que hagas y por dondequiera que vayas,
4y el Señor cumplirá esta promesa que me hizo: “Si tus descendientes cuidan su conducta y me son fieles con toda el alma y de todo corazón, nunca faltará un sucesor tuyo en el trono de Israel”.
5»Ahora bien, tú mismo sabes lo que me hizo Joab hijo de Sarvia: derramó sangre en tiempo de paz como si estuviera en guerra. Mató a Abner, hijo de Ner, y a Amasá, hijo de Jéter, los dos comandantes de los ejércitos israelitas, manchándose asà su cinturón y sus sandalias.
6Por tanto, usa la cabeza y no lo dejes llegar a viejo y morir en paz.
7»En cambio, sĂ© bondadoso con los hijos de Barzilay de Galaad y permĂteles comer en tu mesa, pues ellos me ampararon cuando huĂa de tu hermano AbsalĂłn.
8»TambiĂ©n encárgate de SimĂ, hijo de Guerá, ese benjamita de BajurĂn que me lanzĂł terribles maldiciones cuando me dirigĂa a Majanayin. Es cierto que, cuando fue al Jordán a recibirme, le jurĂ© por el Señor que no lo condenarĂa a muerte.
9Sin embargo, no tienes ya por qué perdonarle la vida. Tú eres inteligente y sabrás qué hacer con él; aunque ya está viejo, hazlo sufrir una muerte sangrienta».
10David muriĂł y fue sepultado en la ciudad que lleva su nombre.
11HabĂa reinado siete años en HebrĂłn y treinta y tres en JerusalĂ©n, asĂ que en total reinĂł en Israel cuarenta años.
12Lo sucediĂł en el trono su hijo SalomĂłn y asĂ se consolidĂł firmemente su reino.
SalomĂłn consolida el reino
13AdonĂas, hijo de Jaguit, fue a ver a BetsabĂ©, madre de SalomĂłn, y BetsabĂ© le preguntĂł:
―¿Vienes en son de paz?
―Sà —respondió él—;
14tengo algo que comunicarle.
―Habla —contestó ella.
15―Como usted sabe —dijo AdonĂas—, el reino me pertenecĂa y todos los israelitas esperaban que yo llegara a ser rey. Pero ahora el reino ha pasado a mi hermano, que lo ha recibido por voluntad del Señor.
16Pues bien, tengo una peticiĂłn que hacerle; por favor, no me la niegue.
―Continúa —dijo ella.
17―Por favor, pĂdale usted al rey SalomĂłn que me dĂ© como esposa a Abisag la sunamita; a usted no se lo negará.
18―Muy bien —contestó Betsabé—, le hablaré al rey en tu favor.
19BetsabĂ© fue a ver al rey SalomĂłn para interceder en favor de AdonĂas. El rey se puso de pie para recibirla y se inclinĂł ante ella. Luego se sentĂł en su trono y mandĂł que pusieran otro trono para su madre, y ella se sentĂł a la derecha del rey.
20―Quiero pedirte un pequeño favor —dijo ella—. Te ruego que no me lo niegues.
―Dime de quĂ© se trata, madre mĂa. A ti no puedo negarte nada.
21Ella continuĂł:
―ConcĂ©dele a tu hermano AdonĂas casarse con Abisag la sunamita.
22―Pero ¿cómo puedes pedirme semejante cosa? —respondió el rey a su madre—. Es mi hermano mayor, y cuenta con el apoyo del sacerdote Abiatar y de Joab, hijo de Sarvia. ¡Realmente me estás pidiendo que le ceda el trono!
23Dicho esto, el rey SalomĂłn jurĂł por el Señor: «¡Que Dios me castigue sin piedad si no hago que AdonĂas pague con su vida por esa peticiĂłn!
24El Señor me ha establecido firmemente en el trono de mi padre y conforme a su promesa me ha dado una dinastĂa. Por tanto, tan cierto como que Ă©l vive, ¡hoy mismo AdonĂas morirá!».
25Enseguida el rey SalomĂłn le dio a BenaĂas, hijo de Joyadá, la orden de matar a AdonĂas.
26Al sacerdote Abiatar, el rey mismo le ordenó: «Regresa a tus tierras en Anatot. Mereces la muerte, pero por el momento no voy a quitarte la vida, pues compartiste con David mi padre todas sus penurias y en su presencia llevaste el arca del Señor y Dios».
27Fue asĂ como, al destituir SalomĂłn a Abiatar del sacerdocio del Señor, se cumpliĂł la palabra que el Señor habĂa pronunciado en SilĂł contra la familia de ElĂ.
28Joab habĂa conspirado con AdonĂas, aunque no con AbsalĂłn, asĂ que al oĂr que AdonĂas habĂa muerto, fue a refugiarse en la Tienda del Señor, agarrándose de los cuernos del altar.
29Cuando le dijeron a SalomĂłn que Joab habĂa huido a la Tienda del Señor y que estaba junto al altar, el rey le ordenĂł a BenaĂas, hijo de Joyadá, que fuera a matarlo.
30BenaĂas fue a la Tienda del Señor y le dijo a Joab:
―El rey te ordena que salgas.
―¡No! —respondió Joab—. ¡De aquà solo me sacarán muerto!
BenaĂas fue y le contĂł al rey lo que habĂa dicho Joab.
31―¡Pues dale gusto! —ordenó el rey—. ¡Mátalo y entiérralo! De ese modo me absolverás a mà y a mi familia de la sangre inocente que derramó Joab.
32El Señor hará recaer sobre su cabeza la sangre que derramó, porque a espaldas de mi padre atacó Joab a Abner, hijo de Ner, que era comandante del ejército de Israel, y a Amasá, hijo de Jéter, que era comandante del ejército de Judá. Asà mató a filo de espada a dos hombres que eran mejores y más justos que él.
33¡Que la culpa de esas muertes recaiga para siempre sobre la cabeza de Joab y de sus descendientes! ¡Pero que la paz del Señor permanezca para siempre con David y sus descendientes, con su linaje y su trono!
34BenaĂas, hijo de Joyadá, fue y matĂł a Joab e hizo que lo sepultaran en su hacienda de la estepa.
35Entonces el rey puso a BenaĂas, hijo de Joyadá, sobre el ejĂ©rcito en lugar de Joab y al sacerdote Sadoc lo puso en lugar de Abiatar.
36Luego mandĂł llamar a SimĂ y le dijo:
―ConstrĂşyete una casa en JerusalĂ©n y quĂ©date allĂ. No salgas a ninguna parte,
37porque el dĂa que salgas y cruces el arroyo de CedrĂłn podrás darte por muerto. Y la culpa será tuya.
38―De acuerdo —le respondió Simà al rey—. Yo estoy para servir a mi señor el rey y acataré sus órdenes.
Simà permaneció en Jerusalén por un buen tiempo,
39pero tres años más tarde dos de sus esclavos escaparon a Gat, donde reinaba Aquis, hijo de Macá. Cuando le avisaron a Simà que sus esclavos estaban en Gat,
40aparejó su asno y se fue allá a buscarlos y traerlos de vuelta.
41Al oĂr SalomĂłn que SimĂ habĂa ido de JerusalĂ©n a Gat y habĂa regresado,
42lo mandĂł llamar y le dijo:
―Yo te hice jurar por el Señor y te advertĂ: “El dĂa que salgas a cualquier lugar, podrás darte por muerto”. Y tĂş dijiste que estabas de acuerdo y que obedecerĂas.
43¿Por qué, pues, no cumpliste con tu juramento al Señor ni obedeciste la orden que te di?
44El rey tambiĂ©n le dijo a SimĂ:
―Tú bien sabes cuánto daño le hiciste a mi padre David; ahora el Señor se vengará de ti por tu maldad.
45En cambio, yo seré bendecido y el trono de David permanecerá firme para siempre en presencia del Señor.
46Acto seguido, el rey le dio la orden a BenaĂas, hijo de Joyadá, y este fue y matĂł a SimĂ.
AsĂ se consolidĂł el reino en manos de SalomĂłn.
1 Reyes 3
SalomĂłn pide sabidurĂa
3:4‑15 – 2Cr 1:2‑13
1Salomón entró en alianza con el faraón, rey de Egipto, casándose con su hija, a la cual llevó a la Ciudad de David mientras terminaba de construir su palacio, el templo del Señor y el muro alrededor de Jerusalén.
2Como aĂşn no se habĂa construido un templo en honor al Nombre del Señor, el pueblo seguĂa ofreciendo sacrificios en los lugares altos.
Nuevo Testamento
Hechos 5:1-42
Hechos 5
AnanĂas y Safira
1Un hombre llamado AnanĂas, con su esposa Safira, tambiĂ©n vendiĂł una propiedad.
2En complicidad con su esposa, se quedĂł con parte del dinero y puso el resto a disposiciĂłn de los apĂłstoles.
3―AnanĂas —le reclamĂł Pedro—, ÂżcĂłmo es posible que Satanás haya llenado tu corazĂłn para que le mintieras al EspĂritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno?
4¿Acaso no era tuyo antes de venderlo? Y, una vez vendido, ¿no estaba el dinero en tu poder? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? ¡No has mentido a los hombres, sino a Dios!
5Al oĂr estas palabras, AnanĂas cayĂł muerto. Y un gran temor se apoderĂł de todos los que se enteraron de lo sucedido.
6Entonces se acercaron los más jóvenes, envolvieron el cuerpo, se lo llevaron y le dieron sepultura.
7Unas tres horas más tarde entrĂł la esposa sin saber lo que habĂa ocurrido.
8―Dime —le preguntó Pedro—, ¿vendieron ustedes el terreno por tal precio?
―Sà —dijo ella—, por tal precio.
9―¿Por quĂ© se pusieron de acuerdo para poner a prueba al EspĂritu del Señor? —le recriminĂł Pedro—. ¡Mira! Los que sepultaron a tu esposo están a la puerta y ahora te llevarán a ti.
10En ese mismo instante ella cayĂł muerta a los pies de Pedro. Entonces entraron los jĂłvenes y, al verla muerta, se la llevaron y le dieron sepultura al lado de su esposo.
11Y un gran temor se apoderĂł de toda la iglesia y de todos los que se enteraron de estos sucesos.
Los apĂłstoles sanan a muchas personas
12Por medio de los apĂłstoles ocurrĂan muchas señales y prodigios entre el pueblo; y todos los creyentes se reunĂan de comĂşn acuerdo en el PĂłrtico de SalomĂłn.
13Nadie entre el pueblo se atrevĂa a juntarse con ellos, aunque los elogiaban.
14Y seguĂa aumentando el nĂşmero de los que creĂan en el Señor.
15Era tal la multitud de hombres y mujeres que hasta sacaban a los enfermos a las plazas y los ponĂan en camillas para que, al pasar Pedro, por lo menos su sombra cayera sobre alguno de ellos.
16TambiĂ©n de los pueblos vecinos a JerusalĂ©n acudĂan multitudes que llevaban personas enfermas y atormentadas por espĂritus malignos, y todas eran sanadas.
Persiguen a los apĂłstoles
17El sumo sacerdote y todos sus partidarios, que pertenecĂan a la secta de los saduceos, se llenaron de envidia.
18Entonces arrestaron a los apóstoles y los metieron en la cárcel común.
19Pero en la noche un ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel y los sacó.
20«Vayan —les dijo—, preséntense en el templo y comuniquen al pueblo todo sobre esta nueva vida».
21Conforme a lo que habĂan oĂdo, al amanecer entraron en el templo y se pusieron a enseñar. Cuando llegaron el sumo sacerdote y sus partidarios, convocaron al Consejo, es decir, a la asamblea general de los lĂderes religiosos de Israel, y mandaron traer de la cárcel a los apĂłstoles.
22Pero, al llegar los guardias a la cárcel, no los encontraron. Asà que volvieron con el siguiente informe:
23«Encontramos la cárcel cerrada, con todas las medidas de seguridad, y a los guardias firmes a las puertas; pero, cuando abrimos, no encontramos a nadie adentro».
24Al oĂrlo, el capitán de la guardia del templo y los jefes de los sacerdotes se quedaron perplejos, preguntándose en quĂ© terminarĂa todo aquello.
25En esto, se presentó alguien que les informó: «¡Miren! Los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el templo y siguen enseñando al pueblo».
26Fue entonces el capitán con sus guardias y trajo a los apĂłstoles sin recurrir a la fuerza, porque temĂan ser apedreados por la gente.
27Los llevaron ante el Consejo, y el sumo sacerdote les reclamĂł:
28―Terminantemente les hemos prohibido enseñar en ese nombre. Sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y se han propuesto echarnos la culpa a nosotros de la muerte de ese hombre.
29―¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres! —respondieron Pedro y los demás apóstoles—.
30El Dios de nuestros antepasados resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron colgándolo de un madero.
31Dios lo exaltĂł a su derecha como PrĂncipe y Salvador, para que diera a Israel arrepentimiento y perdĂłn de pecados.
32Nosotros somos testigos de estos acontecimientos, y tambiĂ©n lo es el EspĂritu Santo que Dios ha dado a quienes le obedecen.
33Los que oyeron se enojaron mucho y querĂan matarlos.
34Pero un fariseo llamado Gamaliel, maestro de la Ley muy respetado por todo el pueblo, se puso de pie en el Consejo y mandĂł que hicieran salir por un momento a los apĂłstoles.
35Luego dijo: «Hombres de Israel, piensen dos veces en lo que están a punto de hacer con estos hombres.
36Hace algún tiempo surgió Teudas, jactándose de ser alguien, y se le unieron unos cuatrocientos hombres. Pero lo mataron y todos sus seguidores se dispersaron y allà se acabó todo.
37DespuĂ©s de Ă©l surgiĂł Judas el galileo, en los dĂas del censo, y logrĂł que la gente lo siguiera. A Ă©l tambiĂ©n lo mataron y todos sus secuaces se dispersaron.
38En este caso les aconsejo que dejen a estos hombres en paz. ¡Suéltenlos! Si lo que se proponen y hacen es de origen humano, fracasará;
39pero, si es de Dios, no podrán destruirlos, y ustedes se encontrarán luchando contra Dios».
Se dejaron persuadir por Gamaliel.
40Entonces llamaron a los apóstoles y, luego de azotarlos, les ordenaron que no hablaran más en el nombre de Jesús. Después de eso los soltaron.
41AsĂ, pues, los apĂłstoles salieron del Consejo, llenos de gozo por haber sido considerados dignos de sufrir afrentas por causa del Nombre.
42Y dĂa tras dĂa, en el templo y de casa en casa, no dejaban de enseñar y anunciar las buenas noticias de que JesĂşs es el Cristo.
Salmos
Salmo 125:1-5
Salmo 125
Salmo 125
Cántico de los peregrinos.
1Los que confĂan en el Señor son como el monte Sion:
jamás caerá, y permanece para siempre.
2Como rodean los montes a Jerusalén,
asà rodea el Señor a su pueblo,
desde ahora y para siempre.
3No prevalecerá el poder de los malvados
sobre la heredad asignada a los justos,
para que nunca los justos extiendan
sus manos hacia la maldad.
4Haz bien, Señor, a los que son buenos,
a los rectos de corazĂłn.
5Pero, a los que van por caminos torcidos,
deséchalos, Señor, junto con los malhechores.
¡Que haya paz en Israel!
Proverbios
Proverbios 16:25
25Hay un camino que al hombre le parece recto,
pero acaba por ser camino de muerte.
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