Antiguo Testamento
Josué 3:1-4:24
Josué 3
El cruce del rĂo Jordán
1Muy de mañana, JosuĂ© y todos los israelitas partieron de SitĂn y se dirigieron hacia el rĂo Jordán; pero antes de cruzarlo acamparon a sus orillas.
2Al cabo de tres dĂas, los oficiales del pueblo recorrieron todo el campamento
3con la siguiente orden: «Cuando vean el arca del pacto del Señor su Dios y a los sacerdotes levitas que la llevan, abandonen sus puestos y pónganse en marcha detrás de ella.
4Asà sabrán por dónde ir, pues nunca antes han pasado por ese camino. Deberán, sin embargo, mantener dos mil codos de distancia entre ustedes y el arca; no se acerquen a ella».
5Josué ordenó al pueblo: «Conságrense, porque mañana el Señor va a realizar grandes prodigios entre ustedes».
6Y a los sacerdotes les dijo: «Carguen el arca del pacto y pónganse al frente del pueblo». Los sacerdotes obedecieron y se pusieron al frente del pueblo.
7Luego el Señor dijo a JosuĂ©: «Este dĂa comenzarĂ© a engrandecerte ante el pueblo de Israel. AsĂ sabrán que estoy contigo como estuve con MoisĂ©s.
8Da la siguiente orden a los sacerdotes que llevan el arca del pacto: “Cuando lleguen a la orilla del Jordán, deténganse”».
9Entonces Josué dijo a los israelitas: «Acérquense y escuchen lo que Dios el Señor tiene que decirles».
10Y añadió: «Ahora sabrán que el Dios viviente está en medio de ustedes y que de seguro expulsará a los cananeos, los hititas, los heveos, los ferezeos, los gergeseos, los amorreos y los jebuseos.
11El arca del pacto, que pertenece al Soberano de toda la tierra, cruzará el Jordán al frente de ustedes.
12Ahora, pues, elijan doce hombres, uno por cada tribu de Israel.
13Tan pronto como los sacerdotes que llevan el arca del Señor, Soberano de toda la tierra, pongan pie en el Jordán, las aguas dejarán de correr y se detendrán formando un muro».
14Cuando el pueblo levantó el campamento para cruzar el Jordán, los sacerdotes que llevaban el arca del pacto marcharon al frente de todos.
15Ahora bien, las aguas del Jordán se desbordan en el tiempo de la cosecha. A pesar de eso, tan pronto como los pies de los sacerdotes que portaban el arca tocaron las aguas,
16estas dejaron de fluir y formaron un muro a gran distancia, más o menos a la altura del pueblo de Adán, junto a Saretán. A la vez, dejaron de correr las aguas que fluĂan en el mar del Arabá, es decir, el mar Muerto, y asĂ el pueblo pudo cruzar hasta quedar frente a JericĂł.
17Por su parte, los sacerdotes que portaban el arca del pacto del Señor permanecieron de pie en tierra seca, en medio del Jordán, mientras todo el pueblo de Israel terminaba de cruzar el rĂo por el cauce totalmente seco.
Josué 4
Monumento conmemorativo
1Cuando todo el pueblo terminĂł de cruzar el rĂo Jordán, el Señor dijo a JosuĂ©:
2«Elijan a un hombre de cada una de las doce tribus de Israel
3y ordĂ©nenles que tomen doce piedras del cauce, exactamente del lugar donde los sacerdotes permanecieron de pie. DĂganles que las coloquen en el lugar donde hoy pasarán la noche».
4Entonces JosuĂ© reuniĂł a los doce hombres que habĂa escogido de las doce tribus
5y dijo: «Vayan al centro del cauce del rĂo hasta donde está el arca del Señor su Dios y cada uno cargue al hombro una piedra. Serán doce piedras, una por cada tribu de Israel,
6y servirán como señal entre ustedes. En el futuro, cuando sus hijos les pregunten: “¿Por qué están estas piedras aqu�”,
7ustedes responderán: “El dĂa en que el arca del pacto del Señor cruzĂł el Jordán, las aguas del rĂo se dividieron frente a ella. Para nosotros los israelitas, estas piedras que están aquĂ son un recuerdo permanente de aquella gran hazaña”».
8Los israelitas hicieron lo que JosuĂ© ordenĂł, segĂşn las instrucciones del Señor. Tomaron las piedras del cauce del Jordán, conforme al nĂşmero de las tribus, las llevaron hasta el campamento y las colocaron allĂ.
9Además, JosuĂ© colocĂł doce piedras en el cauce del rĂo donde se detuvieron los sacerdotes que llevaban el arca del pacto. Esas piedras siguen allĂ hasta el dĂa de hoy.
10Los sacerdotes que llevaban el arca permanecieron en medio del cauce hasta que los israelitas hicieron todo lo que el Señor habĂa ordenado a JosuĂ©. Además, JosuĂ© siguiĂł las instrucciones que MoisĂ©s le habĂa dado. El pueblo se apresurĂł a cruzar el rĂo
11y, cuando todos lo habĂan hecho, el arca del Señor y los sacerdotes cruzaron tambiĂ©n en presencia del pueblo.
12Acompañaban al pueblo los guerreros de las tribus de RubĂ©n, Gad y la media tribu de ManasĂ©s, segĂşn las Ăłrdenes que habĂa dado MoisĂ©s.
13Unos cuarenta mil guerreros armados desfilaron en presencia del Señor y se dirigieron a la llanura de Jericó, listos para la guerra.
14Aquel mismo dĂa, el Señor engrandeciĂł a JosuĂ© ante todo Israel. El pueblo respetĂł a JosuĂ© todos los dĂas de su vida, como lo habĂa hecho con MoisĂ©s.
15Luego el Señor dijo a Josué:
16«A los sacerdotes portadores del arca que tiene las tablas del pacto da la orden de que salgan del Jordán».
17Josué ordenó a los sacerdotes que salieran
18y asĂ lo hicieron portando el arca del pacto del Señor. Tan pronto como sus pies tocaron tierra firme, las aguas del rĂo regresaron a su lugar y se desbordaron como antes.
19AsĂ, el dĂa diez del mes primero, el pueblo de Israel cruzĂł el Jordán y acampĂł en Guilgal, al este de JericĂł.
20Entonces JosuĂ© erigiĂł allĂ las piedras que habĂan tomado del cauce del Jordán
21y se dirigió a los israelitas: «En el futuro, cuando sus hijos les pregunten: “¿Por qué están estas piedras aqu�”,
22ustedes responderán: “Porque el pueblo de Israel cruzĂł el rĂo Jordán en seco”.
23El Señor, Dios de ustedes, hizo lo mismo que habĂa hecho con el mar Rojo cuando lo mantuvo seco hasta que todos nosotros cruzamos.
24Esto sucedió para que todas las naciones de la tierra supieran que el Señor es poderoso y para que ustedes aprendieran a temerlo para siempre».
Nuevo Testamento
Lucas 14:7-35
7Al notar cĂłmo los invitados escogĂan los lugares de honor en la mesa, les contĂł esta parábola:
8—Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar de honor, no sea que haya algún invitado más distinguido que tú.
9Si es asĂ, el que los invitĂł a los dos vendrá y te dirá: “CĂ©dele tu asiento a este hombre”. Entonces, avergonzado, tendrás que ocupar el Ăşltimo asiento.
10Más bien, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: “Amigo, pasa más adelante a un lugar mejor”. Asà recibirás honor en presencia de todos los demás invitados.
11Porque todo el que a sà mismo se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.
12TambiĂ©n dijo JesĂşs al que lo habĂa invitado:
—Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos, a su vez, te inviten y asà seas recompensado.
13Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos.
14Entonces serás dichoso pues, aunque ellos no tienen con qué recompensarte, serás recompensado en la resurrección de los justos.
Parábola del gran banquete
15Al oĂr esto, uno de los que estaban sentados a la mesa con JesĂşs le dijo:
—¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!
16JesĂşs contestĂł:
—Cierto hombre preparó un gran banquete e invitó a muchas personas.
17A la hora del banquete mandó a su siervo a decirles a los invitados: “Vengan, porque ya todo está listo”.
18Pero todos, sin excepción, comenzaron a disculparse. El primero dijo: “Acabo de comprar un terreno y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes”.
19Otro indicó: “Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Te ruego que me disculpes”.
20Y otro alegó: “Acabo de casarme y por eso no puedo ir”.
21El siervo regresó y le informó de esto a su señor. Entonces el dueño de la casa se enojó y ordenó a su siervo: “Sal de prisa por las plazas y los callejones del pueblo y trae acá a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”.
22“Señor —dijo luego el siervo—, ya hice lo que usted me mandĂł, pero todavĂa hay lugar”.
23Entonces el señor respondiĂł: “Ve por los caminos y las veredas, y oblĂgalos a entrar para que se llene mi casa.
24Les digo que ninguno de aquellos invitados disfrutará de mi banquete”.
El precio del discipulado
25Grandes multitudes seguĂan a JesĂşs, y Ă©l se volviĂł y les dijo:
26«Si alguno viene a mĂ y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discĂpulo.
27Y el que no carga su cruz y me sigue no puede ser mi discĂpulo.
28»Supongamos que alguno de ustedes quiere construir una torre. ¿Acaso no se sienta primero a calcular el costo para ver si tiene suficiente dinero para terminarla?
29Si echa los cimientos y no puede terminarla, todos los que la vean comenzarán a burlarse de él
30y dirán: “Este hombre ya no pudo terminar lo que comenzó a construir”.
31»O supongamos que un rey está a punto de ir a la guerra contra otro rey. ¿Acaso no se sienta primero a calcular si con diez mil hombres es posible enfrentarse al que viene contra él con veinte mil?
32Si no puede, enviará una delegaciĂłn mientras el otro está todavĂa lejos, para pedir condiciones de paz.
33De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discĂpulo.
34»La sal es buena, pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo recuperará el sabor?
35No sirve ni para la tierra ni para el abono; hay que tirarla fuera.
»El que tenga oĂdos para oĂr, que oiga».
Salmos
Salmo 80:1-19
Salmo 80
Salmo 80
Al director musical. SĂgase la tonada de «Los lirios del pacto». Salmo de Asaf.
1Pastor de Israel, ¡escúchanos!
tĂş que guĂas a JosĂ© como a un rebaño,
tú que tienes tu trono entre los querubines, ¡resplandece!
2Delante de EfraĂn, BenjamĂn y ManasĂ©s,
muestra tu poder y ven a salvarnos.
3¡Restáuranos, oh Dios!
¡Haz resplandecer tu rostro sobre nosotros,
y sálvanos!
4¿Hasta cuándo, Señor Dios de los Ejércitos,
arderá tu ira
contra las oraciones de tu pueblo?
5Por comida le has dado pan de lágrimas;
por bebida, lágrimas en abundancia.
6Nos has hecho motivo de contienda para nuestros vecinos;
nuestros enemigos se burlan de nosotros.
7¡Restáuranos, oh Dios de los Ejércitos!
¡Haz resplandecer tu rostro sobre nosotros,
y sálvanos!
8De Egipto trajiste una vid;
expulsaste a los pueblos paganos y la plantaste.
9Le limpiaste el terreno,
y ella echĂł raĂces y llenĂł la tierra.
10Su sombra se extendĂa hasta las montañas,
su follaje cubrĂa los cedros majestuosos.
11Sus ramas se extendieron hasta el Mediterráneo
y sus renuevos hasta el Éufrates.
12¿Por qué has derribado sus muros?
¡Todos los que pasan le arrancan uvas!
13Los jabalĂes del bosque la destruyen,
los animales del campo la devoran.
14¡Vuélvete a nosotros, oh Dios de los Ejércitos!
¡Asómate a vernos desde el cielo
y brinda tus cuidados a esta vid!
15¡Es la raĂz que plantaste con tu diestra!
¡Es el vástago que has criado para ti!
16Tu vid está derribada, quemada por el fuego;
a tu reprensiĂłn perece tu pueblo.
17BrĂndale tu apoyo al hombre de tu diestra,
al hijo de hombre que has criado para ti.
18Entonces no nos apartaremos de ti;
reavĂvanos e invocaremos tu nombre.
19¡Restáuranos, Señor Dios de los Ejércitos!
Haz resplandecer tu rostro sobre nosotros,
y sálvanos.
Proverbios
Proverbios 12:27-28
27El perezoso no pone a asar lo que ha cazado,
pero el diligente ya posee una gran riqueza.
28En el camino de la justicia se halla la vida;
por ese camino se evita la muerte.
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